Según
Hesíodo, la primer mujer, Pandora, fue hecha por orden de Zeus como castigo
para los hombres. Su nacer fue una divina conspiración.
Fue
Hefesto, el artesano, quien modeló de barro “un amable cuerpo de doncella”. Los
dioses aportaron toda clase de dones, por eso Hermes le dio el nombre de
Pandora (pân y dôra: “todo” y “dones”). Zeus la bendijo
y sopló sobre ella, el último regalo: la curiosidad.
Aquella
mujer era nefasta para los hombres: pêma (una desgracia), dólos (una
trampa), kakón (un mal), aunque un “mal hermoso”.
Prometeo
advirtió a su hermano que no aceptara ninguna dádiva del vengativo Zeus, pero
Epimeteo, el que reflexiona más tarde, hechizado por la belleza, lo acepta con
la dote: la caja de fina plata (píthos).
Pandora, como
Eva cuando desoyó la voz de Dios que prohibía tocar el fruto, impulsada
por la curiosidad, no cumplió con la recomendación recibida de no abrir la
caja, lo cual provocó que con impetuosa danza, escaparan todos los males.
Pandora logró cerrar el ánfora, pero solo consiguió retener dentro a la ESPERA,
a la esperanza. Entonces, los hombres reciben los males sin advertirlo,
sin “esperárselos”, lo que es precisamente, una de las desgracias a
las que se refiere Hesíodo.
Pero... ¿Pandora es
culpable? Pues o por designios de Fortuna, por decisión del tirano Zeus, o por
la debilidad masculina, sucedió lo que sucedió.
